martes

sábado

Falsos lectores (apócrifos X)

Los blancos entre las palabras, entre los párrafos, entre los capítulos, siempre significan algo. Dejo al desocupado lector estos silencios, los mismos con los que ando entre la jauría:

Camino por la senda del suicidio
escucho los suplicios de fantasmas
mis pasos son el eco de su sangre
locura y desconsuelo de los necios

Idólatras de un falso culto duermen
tirados a la vera del camino
añoran la fortuna que no tienen
la buscan en papeles deslavados

Los ruidos amotinan mi cerebro
deforman las estrellas que dibujo
acechan la verdad que se derrumba

Al final sólo importan mis latidos
el ritmo cambia de nuevo y palpita
el espíritu de un nuevo silencio

Falsos lectores (apócrifos IX)

La obra de arte literaria, difusa, inconmensurable en su sentido último, inabarcable siempre ella, está más allá de cualquier soporte material, más allá de cualquier papel impreso. El libro, cualquier clase de libro, es, apenas, un mero soporte material (un medio, no un fin) para el resguardo de la memoria y el sentimiento humanos. Pero eso la secta de los Falsos lectores no puede, no quiere, verlo; dados a la adoración de falsas divinidades, confunden la poiesis con treinta dinares.

Benditos los mercaderes de libros, porque sus ojos están puestos en el pan.
Benditos los amantes de la literatura, porque su corazón ama desinteresadamente la palabra.

Malditos los mercenarios del conocimiento, porque dicen amar la palabra cuando lo que su negro corazón añora es fama y riqueza.

Bendita la tierra, porque ha de tragarnos a todos, sin hacer distinción de títulos, razas y géneros.

jueves

Falsos lectores (apócrifos VIII)

La única instancia que da nombre al escritor es el lector.

(Bienvenidos son tus ojos, corazón).

Quien sepa escribir, que escriba; quien quiera leer, que lea.

Falsos lectores 8

Desde su origen, los libros siempre han sido de difícil acceso para las mayorías. El más remoto precedente del libro, como objeto, son las pinturas en las cuevas que informaban sobre métodos de caza y otros asuntos de utilidad cotidiana. Sólo podían interpretar estos signos los iniciados, aquellos que tuvieran la capacidad de descifrar el simbolismo, muchas veces mágico, de lo representado.

Con la evolución de la escritura, el avance tecnológico en la producción de papel y el ánimo de transmitir ideas y, al mismo tiempo, guardar memoria del devenir humano, la producción de textos fue mayor. Sin embargo, esto no significaba que la producción representara mayor número de lectores. Aquellos que quisieran cultivarse tenían que recorrer largas jornadas hasta los lugares en donde se resguardaban los pliegos que contenían el saber; caso: la famosa biblioteca de Alejandría. Así pues, el acceso a los libros, estos como fuente de saberes, resultaba complicado y costoso.

La llegada de la imprenta permitió cierta masificación de los libros. Pero, igual, esto no significó un mayor número de lectores. Si bien se tendría que hablar de censura desde los orígenes de la escritura, creo que es en la edad de la imprenta donde cabe mejor hacerlo. Para el siglo XV, la reforma eclesiástica ya había derramado ríos de sangre. Podría justificarse este hecho argumentando diferencias ideológicas y posturas encontradas respecto de una religión. Pero ¿qué mejor medio de transmitir una idea, una postura o una religión sino es mediante la palabra y, en este caso, la palabra escrita en particular? Otra variable que nos ayudará a comprender lo que queremos expresar es el hecho de que cuando nace la imprenta de Gutenberg, en nuestro latino caso, las lenguas romances ya han comenzado a tomar carta de naturalidad. En español, tan sólo, los primeros rasgos se encuentran en documentos del siglo XI. También en español, la famosa Biblia del oso, primera traducción de la Vulgata (el canon latín de las Sagradas Escrituras) data de mediados del siglo XVI. Esta traducción costó persecución y vida de quienes la emprendieron: Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina.

Además de las traducciones bíblicas, como la referida y la luterana, otros documentos fueron severamente perseguidos, censurados y ensangrentados. A ciertas esferas eclesiásticas y nobles poco y nada convenía que algunas ideas se diseminaran entre la población cada vez más afianzada en la nueva cultura del libro, aún cuando la alfabetización también era incipiente. La conocida época de la Ilustración fue otra era de persecución y sangre. Para gente como Voltaire y Rosseau no fue nada fácil hacer públicos sus escritos y, con esto, sus ideas, entre otros muchos ideólogos y revolucionarios.

Mucha tinta y mucha sangre tuvo que correr para que los libros, como medios de transmisión, tuvieran un lugar en la cotidianidad del grueso de la sociedad.

Hoy día, con el apoyo de internet y las nuevas tecnologías (soportes materiales de lectura), el acceso a cualquier tipo de información es casi ilimitado. Digo casi porque, en el ínter, se ha emprendido también una ardua batalla por la libertad de expresión y el libre flujo de la información.

La realidad es que, a pesar de los férreos intentos de gobiernos y empresas, la gran carretera de la información es tierra ingobernable y, usando ésta como medio, la sociedad civil ha aprovechado para conocer, intercambiar información y compartir materiales de la más diversa índole. No diré que este proceso no ha costado la libertad de no pocos emprendedores, pero también es cierto que la cantidad de usuarios y la cantidad de información que se intercambia día a día es ya incontrolable; sólo es cuestión de buscar lo que se desea y saber dónde buscar. Así, al menos en teoría, todos tenemos derecho a la información. 

Justo lo mismo pasa ahora con la naciente industria del libro electrónico. Dejaré para otra ocasión la historia del libro electrónico. Diré, eso sí, que, igual que en el pasado, hay una lucha por el conocimiento en este contexto. Sí, la hay, a pesar de que el internet permite tantas libertades. Librerías de papel impreso y grandes editoriales se han visto tambalear al ver reducidas sus ventas frente al libro digital; estas mismas editoriales que durante muchos años han fungido como onerosos intermediarios, teniendo una relación ventajosa con el autor intelectual de la obra. La red ha permitido, en buena medida, eliminar a lo intermediarios. Estas palabras, ahora mismo, carecen de aquella figura, gracias al soporte que usamos para escribirlas y leerlas. Son ideas, y no deben tener mayor valor que el de la amistad.

Pero hay quienes insisten en obtener un beneficio de los libros y, en ese sentido, alejarlos de la mirada de la sociedad. Si también es cierto que la existencia del libro digital y, en general, el internet, no nos constituye una sociedad mucho más sabia, culta y razonable, la verdad es que censurar, tasar y esconder la información tampoco nos conduce a un mundo ideal, no en la era de la información, una época en donde todos deberíamos tener derecho a la misma y, de paso, poder tomar decisiones propias, y no estar sujetos al decimonónico poder de empresas con decisiones impuestas y unilaterales, como la cada vez más vieja televisión y la industria editorial; ésta última como figura de medicación entre el autor y el lector final.

Son los despreciables fanáticos de la secta de los Falsos lectores quienes han querido ver, desde siempre, en la venta de información, una riqueza que nos distancia del conocimiento. Vendedores, usureros del saber, sanguijuelas de la razón, deberían llamarse y no amantes de los libros y el saber.

Épilogo: todo esto, acaso, pruebe que la existencia de la deleznable secta se remonta a los orígenes de la humanidad.

lunes

Falsos lectores (apócrifos VII)

No es reprobable, no debe ser reprobable, el ganar treinta dinares; lo es perseguir esos treinta dinares igual que la rabia a un perro. Hay en el universo fines más nobles que la adoración del papel impreso.

Falsos lectores 7

Hoy tengo en mis manos La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, donde puede leerse: 

"El carácter inestable del lenguaje define la vida en la isla. Nunca se sabe con qué palabras serán nombrados en el futuro los estados presentes. A veces llegan cartas escritas con signos que ya no se comprenden. A veces un hombre y una mujer son amantes apasionados en una lengua y en otra son hostiles y casi desconocidos. Grandes poetas dejan de serlo y se convierten en nada y en vida ven surgir otros clásicos (que también son olvidados). Todas las obras maestras duran lo que dura la lengua en la que fueron escritas. Sólo el silencio persiste, claro como el agua, siempre igual a sí mismo".

¿Entonces, nos preguntaríamos en la desesperanza, para qué abarrotar las bibliotecas con libros dados al olvido? ¿para qué escribir? Uno escribe, supongo, para llenar, aunque sea por un instante, ese silencio atronador y eterno que nos rodea; eso es la vida, apenas un pequeño ruido en medio del inconmensurable silencio.

Con los libros pasa algo curioso, sobre todo entre aquellos detestables miembros de la secta de Los falsos lectores: cabe en ellos una adoración que pudiera ser elogiable si no olvidara el fin último para el que se han creado los libros. Otro afamado argentino, ciego él, recordaba de San Ambrosio (quien solía leer en completo silencio, en una época en que lo natural era leer en voz alta y, a veces, en medio de una colectividad): 

"Aquel hombre pasaba directamente del signo de escritura a la intuición, omitiendo el signo sonoro; el extraño arte que iniciaba, el arte de leer en voz baja, conduciría a consecuencias maravillosas. Conduciría, cumplidos muchos años, al concepto del libro como fin, no como instrumento de un fin". (La anécdota puede leerse en "Del culto de los libros").

La historia universal de la infamia ha conocido inquisidores que han llevado a la hoguera a hombres que eran acusados de poseer libros prohibidos. Los mismos libros se han perdido entre las llamas y el olvido: la llorada biblioteca de Alejandría, los códices precolombinos que se perdieron tras la llegada de los cristianos a América, los libros prohibidos por la dictadura nazi, los libros acusados de aristocracia en el peronismo...

Hoy día poco o nada se sabe sobre personas que sean acusadas de profesar una franca bibliofilia. En todo caso, se castiga a personas que develan secretos celosamente guardados por instituciones dirigidas por sectarios recelosos de la mirada ajena (no es prudente que ciertas cosas sean objeto de la mirada pública). 

En opinión personal, que soy bibliófilo declarado (pero antes que bibliófilo, ávido lector), tengo para mí que los bibliófilos que pertenecen a la secta de Los falsos lectores debieran ser pagados con treinta dinares. Sí, como declara el poeta francés, "el mundo existe para llegar a un libro" y de todo ello no perdura sino el incorruptible silencio, ¿a qué buscarle beneficios ajenos a un objeto que se creó con la finalidad de preservar una memoria que el hombre ha querido desperdiciar? 

Un dogma secreto que se guarda entre los misioneros de la secta es algo que ya está fuera de todo noble propósito: lucrar con ese pequeño ruido que forma nuestras vidas. Nobles y villanos, oradores y lectores, solitarios y catedráticos, judas y cristos, al final pasarán la última página; y no habrá, para ninguno, más beneficio que el silencio, "claro como el agua".

miércoles

Falsos lectores (apócrifos VI)

La memoria también me trajo el siguiente episodio:

Estaba sentado en una banca de la universidad, hace casi diez años; a mi lado Hernán Silva, doctor en Literatura hispanoamericana, mi profesor de narrativa y análisis de lírica. Entonces me dijo: "Los estudiantes norteamericanos tienen asegurados los alimentos, el techo y los libros. Si, por ejemplo, un alumno no encuentra un libro en su biblioteca, la biblioteca se encarga de conseguirlo y al día siguiente lo tiene en sus manos. Aparte de esas nimiedades, en realidad, los estudiantes hispanoamericanos pueden ser tanto o más inteligentes como los norteamericanos.

Esa revelación, para bien o para mal, me ha permitido sentirme orgulloso (arrogante) de mi tradición hispanoamericana; eso y la vomitiva lectura de Harold Bloom. Por eso, también, es triste ver cómo algunos hispanistas quieren ver papel verde donde puede haber fuerza y unidad hispanoamericana, hoy que el libro digital puede colocarnos a la par de cualquier potencia cultural; lo demás es hablar y escribir sobre nuestras dolencias y esperanzas, como individuos, como comunidades, como naciones.

Falsos lectores 6

No sabía por dónde comenzar esta entrada; la memoria, que es tendenciosa, me dio luz. Recuerdo aquella tarde de septiembre de 1999 en que dos entusiastas estudiantes de Psicología Social se pusieron a levantar encuestas en la UAM-Iztapalapa. El tema: el matrimonio entre personas del mismo sexo. Aunque hoy así no lo parezca, en aquellos años el tema aún era controversial; quizá aún lo sea.

Aquella encuesta, luego, se convirtió en motivo de discusión y debate en aulas y pasillos. Tristemente, aunque la mayoría de los universitarios se mostraba, aparentemente, abierta y permisiva ante el matrimonio en la comunidad lésbico-gay, para muchos en México aún no estábamos preparados para tomar decisiones de esa índole. Desde luego, tangencialmente se trató el tema de la educación de los niños en una familia homosexual y la imagen ante las familias hetero.

Sobre todo, me impactó que el lugar común en esas discusiones fuera "en México no estamos preparados para esas cosas". Entonces yo no me cansaba de preguntar "¿cuándo estaremos preparados, entonces, si no comenzamos por aceptarlo ahora mismo?"

Sólo hasta finales del 2009 se aprobó en la Ciudad de México la reforma que permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo. ¡Diez años tardamos en prepararnos!

¿A cuento de qué viene esto en este espacio, principalmente dedicado al arte y la literatura? Uno de los temas más concurridos en estos días, para quienes nos dedicamos a la difusión de la lectura, fue la conferencia magistral dictada por Roger Bartra en el marco del Tercer Simposio Internacional sobre el Libro Electrónico. Entre las frase más citada en la comunidad tuitera fue aquella que lapida: "el libro electrónico es todavía un balbuceo" (Es ebook 'prótesis' de la lectura). Entonces, como en aquel lejano 1999, no puedo dejar de sentir cierto desconcierto. Balbucear es como decir que no estamos preparados; no estamos a la altura de las naciones en que la industria del libro digital ya es una realidad.

La realidad es que, en mis andares, he escuchado muchos prejuicios y negativas sobre la construcción, uso y difusión del libro electrónico. Los más reaccionarios apelan a esa nostalgia por el libro impreso, a la que también Bartra alude. Cierto, los dispositivos electrónicos de lectura son caros y no todo mundo puede hacerse de uno, no por el momento. Va la pregunta de nuevo: ¿cuándo estaremos preparados?

Hace poco pensaba que las nuevas tecnologías (incluidas las redes sociales) nos han permitido leer y escribir mucho, pero reflexionar poco. En un futuro no muy lejano, espero, también tienen que ponerse sobre la mesa de discusión todas las esferas que se mueven al rededor de la lectura en el contexto de las nuevas tecnologías, de las que una importante sería la de los derechos de autor. De hecho, ya se ha vertido algo de material sobre estos puntos, de los cuales Bartra ha hecho gala de conocimiento.

No quiero, por ahora, ocupar este espacio con un tema que da para ríos de tinta o, mejor dicho, de bytes. Apenas quiero expresar la preocupación que cabe aquí ante ese balbuceo del libro electrónico en México e Hispanoamérica. No estamos preparados y no lo estaremos si no hacemos lo propio, sin importar el costo material y emocional que ello implique; más que el valor monetario, el valor como identidad hispanoescribiente es lo que está en juego ante el mundo y ante nuestro futuro como cultura y tradición.




miércoles

Falsos lectores (apócrifos V)

Grato: https://itunes.apple.com/mx/book/para-rayar-paredes/id583701635?mt=11

Falsos lectores 5

Hay en el mundo personas que, acaso con justa razón, insisten en ganar fortuna con el comercio de libros digitales. La industria del libro digital es incipiente y poco se puede decir sobre su futuro. Es cierto, hoy día las tres tiendas digitales más importantes (Amazon, iTunes y Google Play) ofertan un extenso catálogo de libros a diferentes precios.

Al menos en México, tenemos la deleznable costumbre de desconfiar de aquello que se ofrece con gratuidad; entre mayor sea el costo de un producto, mayor será su valor; herencias del capitalismo voraz e impersonal que, infortunadamente, han llegado a invadir hasta el espacio íntimo: "¿cuánto cuestas?, ¿cuánto vales?".

Sin embargo, aún hay esfuerzos por la divulgación libre y desinteresada (o acaso el interés esté fuera del ámbito monetario). "Libre flujo de la información y derecho a la misma" es el lema de quienes abogan por la gratuidad del internet. Y qué es la World Wide Web sino un cúmulo de informaciones a las que todos deberíamos tener libre acceso. En la red hay música, libros, películas, todo tipo de documentos y, por qué no, hasta amigos virtuales (el amor virtual, ausente de caricias mustias, es ya una exageración de nuestros tiempos).

En este sentido, un libro, además de ser una obra intelectual, sería un archivo de información que se mide en Bytes. Podríamos decir, así, que Los miserables, en lugar de medirse en páginas, se mide en Megabytes. El autor de la obra, con todo derecho, podría exigir una remuneración a cambio. El consumidor final de la obra, viendo a ésta como un cúmulo de información y bajo el lema de libre flujo, tendría derecho de copiar, reproducir y compartir cuantas veces quisiera. Aquí la pregunta angular sería ¿el internet, enmarcados los libros digitales, debería ser gratuito y con la posibilidad de intercambiar información a libre albedrío?

Hace un par de años el FBI intentó emprender una guerra en contra de los grandes servidores de intercambio de información (ley SOPA); al final, la iniciativa fracasó, porque hasta ahora las costumbres de los usuarios de internet han sido mucho más fuertes que cualquier intento de regular la actividad en la red.

En materia de libros digitales, a la fecha los formatos más reconocidos son PDF y ePUB. En sus orígenes, ambos tipos de archivos se comercializaban con un candado DRM (Digital Right Management). Lo que sucedía era que el ávido lector adquiría un libro mediante una librería virtual. El usuario, habiendo realizado el pago, descargaba el libro. Lo siguiente era leerlo. El problema iniciaba cuando dicho libro quería ser compartido, prestado o regalado. Lo que hace el candado DRM, justo, es privar al usuario de esas posibilidades de intercambio. La cuestión, entonces, era: "yo pagué por este libro, es mío, ¿por qué no puedo compartirlo?" Así, aunque a la fecha habrá sitios que ofrecen libros con este candado, la verdad es que cada vez es mayor el número de libros que se intercambian sin el mismo.

Las tres tiendas más grandes del mundo venden libros sin candado DRM. De esta suerte, el consumidor puede adquirir un libro en, digamos, iTunes y luego realizar una copia para enviarla a un amigo.

Lo cierto, también, es que tanto en tiendas oficiales como en marginales se ofrece un infinito catálogo de libros gratuitos, no debiendo pagar más que las gracias por la libre transmisión. Afortunadamente, es común que un buen libro de un autor canónico sea gratuito; evadimos, así, la aventura de pagar por un libro de un autor principiante, que si bien puede ser excelente lo mismo puede ser una pérdida de tiempo y, claro, de dinero.

Un problema de antaño que poco a poco se ha ido solventando es el de la compatibilidad. A pesar de que los formatos universales han sido PDF y ePub, cada tienda formaba su propio nicho de venta. Amazon comenzó vendiendo sus dispositivos Kindle y ese era el espacio óptimo para la lectura. Con la aparición del iPad, en 2010, los libros se podían leer cómodamente mediante la App iBooks. Poco más universal es el caso de Google Play, cuyos libros pueden leerse en cualquier dispositivo con sistema operativo Android.

Para alegría y fortuna de todos, existen empresas que se preocupan por salvar el problema de la compatibilidad, ofertando sus servicios en diferentes plataformas y con distintos precios. Caso es el de www.24symbols.com/ 24symbols no sería una tienda propiamente; no vende libros. El sitio ofrece un servicio de lectura, con un amplio catálogo de libros de diferentes editoriales (algunas de ellas reconocidas internacionalmente). Apenas es necesario poseer una cuenta para disfrutar de la lectura. La página, además, cuenta con sus respectivas Apps en Google Play y en iTunes. Entre el catálogo de libros gratuitos se pueden encontrar grandes obras clásicas, que cualquiera que se precie de ser buen lector no podría dejar pasar. Los amantes de pagar por leer pueden optar por una cuenta premium; esto les permitirá leer el catálogo completo, desde cualquier dispositivo y, si se quiere, descargar el libro para continuar su lectura off line. Por si esto fuera poco, la interfaz de 24symbols permite compartir fragmentos del libro en las dos redes sociales más importantes, marcar texto y realizar una nota; curiosidades que iBooks de iTunes ya permitía.

Otro sitio que ha tenido gran aceptación entre los desenfrenados y poco moralistas lectores es http://epubgratis.me/ , una comunidad de digitalizadores de libros que, saltándose todo código de derecho, ofrece un catálogo de libros en formato ePub. Al momento de redactar estas líneas, epubgratis tiene un catálogo de 9507 libros; y sí, en epubgratis tienen a Jorge Luis Borges. El moralista y emprendedor comerciante de libros digitales puede omitir su visita a este sitio; quien quiera leer que lea.

Los libros impresos en papel no desaparecerán, no al menos en un futuro inmediato; y muchos queremos que no desaparezcan. Pero la reproducción masiva que ha permitido la digitalización de las obras ha puesto al alcance de todos más de una pieza que se creía perdida, descatalogada, fuera de edición, olvidada. En mi felicidad, he llegado a encontrar la editio princeps de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y La Biblia del oso (primera traducción al castellano de la Vulgata, por Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina). Moriré feliz sabiendo que estas dos verdaderas piezas de arte están al alcance de todo mundo, de forma gratuita.

martes

Chachita, te cortaste el pelo

No creo que no haya generación, desde que se estrenó Nosotros los pobres (1948), que no recuerde esta mítica escena. Al menos en México, ha pasado a formar parte del imaginario y del lenguaje popular.



Lo que pocos conocerán es el referente literario de dicha escena. "The Gift of the Magi", cuento del norteamericano William Sydney Porter (O. Henry), fue publicado por primera vez el 10 de diciembre de 1905, en las páginas de The New York Sunday World . Un año después se recoge en The Four Million, antología de cuentos de O. Henry. El 14 de octubre de 1933, Borges publica su traducción, bajo el título "Los regalos perfectos", en Revista Multicolor de los Sábados. En julio de 1999 aparece la primera edición de Cuentos memorables según Jorge Luis Borges, antología en que el cuento de O. Henry sería uno de los doce compilados.

Nosotros los pobres fue dirigida por Ismael Rodríguez. El argumento de la cinta es obra del mismo Rodríguez y de Pedro de Urdimalas; el guión es de Carlos González Dueñas. 

No sabemos si, para la escena referida, Ismael Rodríguez tomaría como fuente (llámese plagio, intertextualidad, referencia culta...) el texto original o tendría a la mano la traducción del argentino. Lo que sabemos es que tanto el lenguaje escrito de O. Henry como el cinematográfico de Ismael Rodríguez cuentan la historia de una joven pareja en un contexto urbano: Jim y Delia son esposos en O. Henry; Chachita y "El Ata" son novios en Ismael Rodríguez; en la naciente New York los primeros; en la Ciudad de México de la postrevolución los segundos.

Ambas parejas son pobres y, para obsequiarse, precisan el sacrificio de objetos de un valor más emocional que económico. Aquí es donde ambos lenguajes se conjugan. Tanto Delia como Chachita se cortan el cabello a cambio del dinero necesario para comprar una cadena de reloj. Por otra parte, mientras que Jim vende su reloj para poder comprar las peinetas que añoraba Delia, "El Ata" empeña su reloj a fin de comprar también unas peinetas para Chachita.


El interesado lector puede encontrar "The Gift of the Magi" en
y una traducción en

Filo del tiempo